jueves, 18 de octubre de 2012

Un Triángulo de Amor


Debo de estar enamorado porque me siento ridículo. Y no es por el hecho trivial de que he insistido tanto que ella finge la voz de su marido cuando la llamo de madrugada por teléfono, sino porque a veces siento que nuestras vidas son como dos rectas paralelas, y que por más que me retuerza jamás llegaré a acariciarla. Ella siempre está ahí, en la distancia, próxima pero lejana, con una sonrisa que sólo te permite soñar con el día en que podamos formar un círculo perfecto. Ese círculo que abarcará nuestras vidas para singularizarlas, para convertir nuestra dualidad en un todo. Sus labios serán mis labios, mis pensamientos los suyos y su pasta de dientes de los dos.
                        Mi psicólogo, que no era argentino y eso le restaba romanticismo a su terapia, me dijo que debía salir, conocer a más mujeres, quererme más a mí mismo. Y se confundía en todo, hasta cuando me daba las vueltas después de pagarle. ¿Para qué voy a salir si ella se negaba a venir conmigo? ¿Por qué necesito conocer a más mujeres si ya la conozco a ella? ¿Quererme más a mí mismo? Si yo me quiero, la que me tiene que querer más es ella.
                        Tras el fracaso con el terapeuta acudí a varias videntes, todas me dijeron lo mismo: es tu alma gemela, te ama, pero no se atreve a decírtelo; teme romper con su vida; tiene miedo; vuestro amor es por destino. Las videntes tampoco eran argentinas pero daba gusto escucharlas, aunque con el tiempo comprendí  que había un pequeño malentendido: creo que no hablaban de la misma persona. Y digo esto, porque ella siguió diciendo que no me amaba, que esas videntes sólo me decían lo que quería oír. Incluso la última tarde, mientras yo le contaba con arrebato que éramos almas gemelas, ella me clavaba con saña su paraguas en un pie. Esa actitud me disgustó, no porque me rompiera el zapato, sino porque basta con que empiece a pensar en ella para que mi dedo meñique se encoja asustado.
                        Resumiendo, yo la amo, ella no me ama,  y hay otra mujer que me ama pero que no se atreve a decírmelo porque tiene miedo. En lugar de un círculo perfecto mi vida es un triángulo; y no un triángulo equilátero, no, un triángulo escaleno donde cada lado ama por su cuenta. ¿No es ridículo? Y lo más ridículo de todo es que estoy convencido de que por más que le duela a mi meñique, yo sólo podré amar a esa hipotenusa.