sábado, 6 de octubre de 2012

El Banco Del Parque

                Solía pasar junto a ese banco dos veces al día y habitualmente me llamaba la atención su escasa utilidad. Jamás  había  visto  a  nadie  sentado  en  él,  como  si despreciaran su incomodo asiento mientras se hacinaban en los restantes bancos del parque. De repente, sentí una irrefrenable  sensación  de  solidaridad  hacia la soledad ajena, quizá fuera porque los nudos de la madera eran como ojos tristes, o sencillamente por mi vocación de abogado de  pleitos  pobres, vaya  usted  a  saber,  el caso es que me senté, así, sin más, eludiendo  presentaciones. Al  principio su  acogida  fue dura, fría y ligeramente áspera,  como la de una  amante  contrariada. Pero  según  pasaban los minutos, mientras  yo  lanzaba  miradas  sonrientes  a  los  paseantes  para que imitaran mi gesto compasivo, se fue haciendo  más  confortable,  cómodo,  incluso  podría  asegurar  que extrañamente cariñoso. Me fui relajando con la ternura que me proponía y que no dudé en aceptar, hasta tal punto, que no tardé en quedarme dormido  


                                       Llegué a casa tres hora más tarde que de costumbre y, aunque no era lógico, no había nadie. Sólo me encontré con una escueta nota de mi mujer sobre la mesa: “Lo siento, es lo mejor para los dos. Adiós”.
                                       Todavía me pregunto que habría sucedido en mi vida si hubiera llegado a la hora de siempre. Nunca he vuelto a ver ese banco; por más pesquisas que he hecho nadie ha conseguido darme razón de su paradero, pero no pienso cejar en el empeño. Metódicamente visito casa día un parque diferente por si lo han trasladado a otro lugar donde fuera más necesaria su oferta de descanso. Por cierto, ahora que lo pienso, tampoco he vuelto a ver a mi mujer.