jueves, 25 de octubre de 2012


Bien pasada la tarde llegó hasta él una mujer pequeña, con la nariz afilada y la piel pegada a los huesos, llevaba del brazo a un hombre de mirada perdida, con el rostro tatuado de arrugas profundas que necesitaban un planchado para formar una cara agradable. Se llamaba Enrique Selfa, había sido pescador, ahora sólo era un sueño imposible.
.- Ayúdelo. – Dijo la mujer con la desesperación de quien aguarda el retorno de alguien que nunca se ha ido.
Enrique se sentó en el sillón sin la esperanza de volver de donde nunca había estado. Amadeo agarró sus manos nervudas y fijó sus ojos en unas pupilas opacas que negaban la alegría. Sólo tardó unos segundos en situarse en otros tiempos, en otras noches, aunque la luna seguía siendo la misma.
                                                   
                                                         El Soñador Ajeno.