domingo, 28 de octubre de 2012

Calígula y la Crisis.


Albert Camus escribió Calígula en 1938 y lo que sorprende es su vigencia, su similitud con los acontecimientos que hoy vivimos, la crueldad del poder absoluto. Calígula, perdido durante tres días por la muerte de Drusila, su amante y hermana, aparece destrozado y exigiendo un deseo: quiero la luna, quiero lo imposible; y ese imposible, ante la urgencia de los patricios por la falta de dinero del Tesoro, se convierte en esquilmar al pueblo, robarle sus derechos, conducir a los ciudadanos de Roma hasta el abismo para deleitarse con su capacidad de sufrimiento. Calígula no ignora que esas medidas lo llevarán a la muerte, pero toda revolución precisa dolor, humillaciones e injusticias antes de levantarse para acabar con la tiranía; y es ahí dónde comienza su juego. Este Calígula de Camus es una denuncia del poder, del totalitarismo, del hay que salvar la economía a cualquier precio. ¿Os suena? Juguemos como él. Quitad el nombre de Calígula y sustituirlo por políticos, gobiernos, capitalismo, nos vale cualquiera. Un sistema agotado, corrupto, injusto, que necesita un cambio profundo desde la raíz, y para ello somete a sus ciudadanos a unas medidas inútiles pero que provocarán la desesperación y la desconfianza en los gobernantes, que llevarán a la liquidación del viejo modelo para instaurar otro mejor, el Nuevo Orden, el Nuevo Orden Mundial. Como dijo De Lampedusa: todo tiene que cambiar, para que todo siga igual.  

Enhorabuena a Joaquín Vida que ha recreado una versión honesta, limpia, sencilla, dando prioridad a la palabra. Y que ha dirigido con acierto a un grupo de actores que someten su trabajo al texto sin permitirse histrionismos que distraigan el mensaje. Un texto duro, tan difícil de asimilar como bello, que la mayoría resuelve con una naturalidad que lo resalta. Acostumbrados a determinados “actores” que se pelean con la dicción, es de agradecer el trabajo de Alejandra Torray, de Fernando Conde, de Antonio Gálvez, de José Hervás y sobre todo de Javier Collado Goyanes. Hace falta mucho valor para meterse en la piel de Calígula y Javier Collado Goyanes lo demuestra con talento.

Os animo a que veáis esta obra por su actualidad, por su belleza, porque a los actores se les entiende cuando hablan, y porque como dice Calígula cuando yace moribundo: ¡Todavía sigo vivo! Y no dudéis de que esa frase hoy es más cierta y más terrible que nunca.