martes, 29 de enero de 2013

La Fotografía


Ayer me encontré una fotografía tuya en un cajón de la mesilla que habíamos bajado al trastero. Estaba junto a veinte poemas falsos, un relato tan corto que más bien era escaso y un gajo seco de mandarina que desprendía más amor que tu mirada.
El perro al verte se meó sobre el parchís para seis jugadores que me habías regalado en un aniversario de boda. Siempre has tenido un efecto devastador en mi familia.

No habías envejecido. Tu comportamiento con la edad resulta  insultante. Hasta las arrugas te huyen. El otro día me encontré tres en un paraguas; eran tuyas, estaban mojadas y tiritaban de frío. No tuve más remedio que acogerlas con cariño. Una se me depositó en la frente, quizá no quede bonito pero cuando la miras parece que estoy pensando; con lo que tú odiabas que yo pensara. Las otras dos eran más tímidas y no querían separarse así que eligieron el cuello. Ahí tienen tantas amigas que una noche estuvieron a punto de hacer un botellón. ¡Chiquillas!

De repente una gota cayó desde el techo sobre tu ojo izquierdo. El color mar de tu iris ganó en realismo pero te obligó a mirarme de un modo estrábico. Con la cuarta gota oí un gemido, no sé si era el perro que se reía o que tú empezabas a ser consciente de tu mirada picassiana.

Siempre habías tratado a aquella gotera con desdén. Yo no debía interponerme en venganzas personales, así que cerré la puerta del trastero y os dejé discutiendo.

En la calle hacía un día precioso, a pesar de la lluvia.