viernes, 18 de enero de 2013

La Playa y El Sueño


Apoyé la nuca en la almohada y me fijé en las líneas pálidas que desde la ventana horadaban la oscuridad de la habitación. Ella dormía plácidamente. Su respiración llegaba hasta mí con claridad; era como un suspiro alegre que se ocultaba tras el silencio durante un instante para volver a nacer con la misma intensidad. Me propuse indagar y adentrarme en el sueño que mantenía la intermitencia de sus suspiros y, siendo conocedor de sus gustos, rápidamente me imaginé su cuerpo bronceándose en una playa, una playa desierta de historias en donde podríamos fabular con nuestros deseos más ocultos. Recordé una fotografía que tiempo atrás había visto en una agencia de viajes. En ella, las palmeras saludaban con descaro a las olas que cercaban sus troncos en la pleamar. Alrededor de la espesa vegetación nadie te hacía participe de su felicidad, por lo que, evidentemente, la soledad del paraje  lo convertía en el sitio idóneo para vivir cualquier tipo de aventura.
                              Ella yacía en la arena, que se adhería a su cuerpo con evidente cariño, no en vano era una mujer generosa en el termino más carnal que se le pueda añadir a la palabra, y yo la observaba fijándome en el contorno que aplastaban sus muslos sobre la brillante superficie. De repente un ruido llamó mi atención; del agua emergía otra mujer, su piel negra ofrecía cientos de destellos en los que el sol se entretenía con capricho. Me miró con una amplia sonrisa que llegó a sonrojarme, todo hay que decirlo, invitándome a esa clase de placeres furtivos que jamás deben realizarse delante de tu propia esposa por muy oronda que sea y, sinceramente,  la mía lo era. Deseché la idea con educación e intenté concentrarme en su cuerpo dormido. Ahora la arena ocultaba parte de sus piernas cubriéndolas con ligeras costras amarillentas, misión difícil para esas minúsculas partículas dado el desmesurado tamaño que regalaba a cualquier pupila distraída la circunferencia de sus muslos.
                    La tentación continuaba a escasos metros de mí,  se acariciaba con suavidad pretendiendo desprenderse de las últimas gotas. Sus pechos erguidos desafiaban con insolencia a la gravedad y yo, viendo como la humedad se deslizaba por su cuello negándose a abandonarla, sentí que algo en mí también se deslizaba hacia su propio sueño. Mi mujer, medio sepultada, seguía entregada a la inconsciencia y más que respirar, roncaba.
                              Siempre he odiado que alguien ronque a mi lado, ese gruñido, que se acompaña de un ligero silbido para subrayar su tranquilidad y apartarte miserablemente de su lado, impide que me concentre en cualquier tarea. No obstante, cuando la autora de esa sinfonía desagradable es tu mujer, debes escucharla con cierta comprensión. En esos casos yo suelo establecer pautas que me ayudan a soportarlo. Por ejemplo: comparo el ruido con ciertas melodías que me son afines. Mi mujer emitía un sonido que podría compararse con el bolero de Rabel, continuo, monocorde, aburrido. Mientras buscaba la comprensión necesaria para obviar sus rugidos volví a mirar hacia la lujuria. Sus caderas habían iniciado un baile obsceno realmente encantador. Todo su cuerpo giraba frenéticamente al tiempo que lanzaba sus brazos hacia mí rogando que me refugiara en ellos. Pero en sus movimientos había algo extraño que comenzó a inquietarme. La escena no era tan perfecta como cabría esperar, algo ajeno a mis deseos la distorsionaba cruelmente. Por fin logré descubrí lo que ocurría. El ritmo que marcaba mi mujer con sus graznidos, no sólo no acentuaba la danza  sino que la entorpecía dificultando su belleza. Entonces me di cuenta de que a mí nunca me había gustado el bolero de Rabel y de que era inútil seguir buscando comprensión para sus ronquidos porque, en bañador, es imposible encontrar algo en los bolsillos.
                            Observé a  mi mujer con cierta tristeza y  decidí enterrarla del todo. Siempre he sido débil para el vicio y no sería correcto dejar de serlo ante la atractiva perspectiva que me aguardaba. La labor fue ardua, sus cien kilos necesitaban mucha arena para dejar de ofender a un mundo anoréxico, pero reconozco que el trabajo era recompensado por la idea de poseer aquellos labios que vibraban con el anuncio de mis futuros besos. Cuando acabé de cubrirla, giré exhausto hacia la promesa de mi sueño y... ¡la chica había desaparecido! Empujado por una irrefrenable lascivia corrí  por las dunas, por el agua, entre las palmeras...  ni siquiera hallé el rastro de uno de sus pies, ni siquiera el leve rumor que creaban sus brazos con la brisa.  Me encontraba solo en aquella playa que ahora se cernía sobre mí como un aterrador infierno.
                            Jamás he sido un hombre afortunado en mis encuentros sexuales. Mi mujer solía decirme... ¿Mi mujer? Aún había una posibilidad de espantar la soledad. Luché por desenterrarla. Sí, de acuerdo, era gorda y roncaba, pero ¡coño era mía! Y además, todas las noches me daba un beso.
                             Excavé en la arena denodadamente, rezando por volver a deleitarme con el dulce sonido de su respiración y que yo, en un momento de ofuscación, había confundido con unos desagradables ronquidos; pero por desgracia no conseguía encontrar su cuerpo. La gente realiza esfuerzos sobrehumanos para perder unos kilos, y yo acababa de perder cien en unos pocos segundos. Maldije mi mala suerte hasta que unas risas me golpearon con saña en los tímpanos. Era ella, mi esposa, y por cierto, juraría que había adelgazado sospechosamente. Hacía el amor con un escultural mulato al que jaleaba como nunca había hecho conmigo. Su cuerpo se rompía en giros voluptuosos, en escorzos de placer. Indudablemente había adelgazado, sería imposible que realizara tales movimientos con los kilos que dejaba en mis manos cuando hacíamos uso del matrimonio. Sentí una sensación de fracaso que me hundió los hombros, no sólo porque hiciera con otro hombre lo que nunca había hecho conmigo, sino porque estaba convencido de que había adelgazado para él. Yo debía aburrirla tanto que no le importaba ofrecerme su cuerpo saturado de grasas.  De su boca comenzaron a salir tales alabanzas que la mía se llenó de un líquido agrio y espeso que apenas podía escupir. Detrás de mí, un negro gigante me miraba con fruición. Cuando sentí sus manos aferrándose por detrás a mis hombros, comprendí que ya era demasiado tarde para huir de un sueño ajeno, y que es muy peligroso adentrarse en sueños que no nos pertenecen. Perdonen. Voy a intentar relajarme.