viernes, 4 de enero de 2013

Sin Palabras


Se encontraba corrigiendo el último capítulo de la novela cuando sus ojos quedaron hipnotizados por la pantalla del ordenador. Los primeros en desaparecer fueron los nombres, poco después los adjetivos cejaron en su empeño de expresar cualidades, segundos más tarde los adverbios permitieron que los verbos transitaran por las líneas en la más terrible soledad: la soledad del verbo. Al segundo parpadeo, lo único que no se había volatizado de los folios informáticos eran los signos de puntuación. Las comas se evaporaron con cierto movimiento anárquico en su distribución; el punto y coma estaba acostumbrado al olvido y se fue sin rechistar; los signos de admiración se sintieron humillados por enfatizar el vacío y salieron disparados como cohetes; los puntos formaron una línea interminable que se vio frenada por las interrogaciones, siempre indecisas, siempre preguntando, siempre sin respuestas.
Entonces giró su cabeza hacia la derecha y allí estaba ella. Recostada sobre su memoria, ausente de su amor, negándole cualquier sentimiento de alegría. Y lo comprendió todo. Apagó el ordenador y salió a la calle a respirar un aire que no le envolviera con sus recuerdos.

Nunca podría escribir nada que no fuera para ella. Su amor no sólo le había requisado el presente y la posibilidad de imaginarse un futuro, le había robado hasta sus propias palabras.