lunes, 7 de enero de 2013

La Tentación Del Apalabrado


Estaba aburrida, no sabía si depilarme las cejas o dejármelas a lo Groucho Marx. La alarma del móvil me hizo dejar las pinzas con desgana, mi hermana había escrito una palabra de siete letras en el Apalabrado: tediosa. No lo dudé, utilizando la d escribí: odio. No era la palabra que me garantizaba más puntos pero sí la que reflejaba fielmente mis sentimientos en aquella tarde tan tediosa como mi vida. Odiaba a mi hermana por ganarme siempre, odiaba mis cejas de banda ancha, y odiaba una soledad que, en lugar de estimularme, reducía mis sentimientos al significado de aquellas cuatro letras. Por la ventana se coló el estruendo de una pelea. Dos conductores se insultaban con saña por una deseada plaza de aparcamiento que observaba con indiferencia cómo se pegaban por ella. El mundo está loco –pensé– todo  el mundo se odia, como yo. El móvil volvió a sonar. Cristina había aprovechado mi odio para pluralizarlo y escribir: aislada. Siete letras, triple de palabra, y un “la madre que te parió” que mascullé contra la pantalla. Lluvia, comencé a colocar con la lógica apatía que produce una partida perdida desde mucho antes de comenzarla.
Una ráfaga de viento y agua golpeó en los cristales. El ruido me sobresaltó, dejé el móvil en la mesa y me acerqué a la ventana. La lluvia torrencial había expulsado a toda la gente de la calle, incluso a los matones. La alcantarilla a duras penas conseguía achicar el arroyo que se había formado en la cuesta. En verano, las tormentas suelen ser… ¡Un momento! En el cielo no había nubes. ¿Cómo podía llover de ese modo? La alarma volvió a sonar pero esta vez no me apresuré a cogerlo. Mi cabeza giró consecutivamente del móvil al cielo huérfano de nubes. ¿Me estaba volviendo loca?
Me aproximé al teléfono hasta alcanzar el juego con la vista, sin atreverme a tocar el aparato. Mi hermana había escrito: sueña. Me puse tan nerviosa que ni siquiera la maldecí por colocar la ñ en triple de letra. Debía escoger con mis fichas una palabra que me sacara de aquella paranoia. F… a… t…n… e…l…e… repetí las letras varias veces a pesar del aturdimiento. ¡Elefante! No sólo colocaba las siete letras usando su “e”, sino que además era imposible que un animal de esas características… que un animal de… ¿Qué? ¿Qué estaba ocurriendo? Había dejado de llover pero a través de la ventana se filtraba el sonido de multitud de sirenas. Corrí hacia ella y… ¡Joder! ¡No! No, no, no. ¡Aaaah! Un elefante subía por la calle seguido por su domador, por la policía y un par de ambulancias. Se había escapado del Circo Mundial de la Vaguada. No puede ser. ¡No puede ser! Es una coincidencia. Un producto de mi imaginación, como el coche que se ha empotrado contra el autobús por evitar al paquidermo. Tenía que relajarme, dejar mi mente en blanco, olvidarme del… Esta vez la alarma del móvil perforó mis tímpanos con crueldad. Era un sonido macabro, lúgubre, como el de las trompetas del apocalipsis. ¿Qué habría puesto mi hermana? O lo que es peor, ¿Qué iba a poner yo a continuación?
Cristina había colocado: vecino. Era imposible prolongar aquél desvarío. Mis fichas eran todas consonantes y no podía formar ninguna palabra salvo un monosílabo: mi. Cuando sonó el timbre de la puerta estaba en la cocina bebiendo un poco de agua para calmarme. Era Alejandro, mi vecino, con esa barba de dos días que le ensombrecía las mejillas pero que era incapaz de ensombrecer mis deseos. Quería devolverme un libro que le había prestado y aunque iba con prisa le convencí para que pasara un segundo. Mientras me contaba el lío que se había montado en la calle con un elefante, el móvil comenzó a vibrarme en la mano avisándome de que Cristina había colocado otra palabra. ¡No! Me negué con rotundidad a la primera idea que se me cruzó por la cabeza. Venía del gimnasio y una mancha le oscurecía la camiseta a la altura del pecho. ¡No! También me negué a la segunda, que en realidad era la misma pero más sofisticada. Estaba deseando subir a su casa para darse una ducha y entre risas le propuse que se duchara en la mía. ¡Qué sonrisa más bonita tenía el condenado! Su dentista se merecía un nobel. Mi hermana había colocado: eterno; al mirar de reojo mis fichas sentí un escalofrío que congeló la risa de Alejandro en una mueca. ¡Hasta las muecas tenía bonitas! Le pedí que aguardara un minuto y me fui a la habitación. Podía colocar: ámame. Pero, ¿podía jugar así con sus sentimientos? ¡Sí! ¡Sí que podía! Lo que no podía era negarme a la misma tentación tres veces, que eso ya lo hizo un apóstol. En cuanto subí las fichas al tablero Alejandro irrumpió en la habitación y prácticamente se arrancó la camiseta.
.- Te quiero. –Dijo  con el aliento entrecortado abalanzándose contra mi cuerpo.
.- ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! –Le corté esquivando un beso– ¿Quién te has creído que soy? Ni siquiera me has pedido una cita, ¿Tú crees que yo me acuesto con todos los vecinos? Sube a tu casa y date una ducha. Cuando estés más sereno me llamas y hablamos.
Recogió la camiseta del suelo y arrastró los pies hasta la puerta. Cuando oí el ruido del ascensor estrellé el móvil contra la pared para que ninguna palabra nueva pudiera modificar nuestro destino. Solté un grito de felicidad, y luego otro, y después otro, hasta que fueron apagados por una duda terrible. ¿Si había roto el móvil cómo me iba a llamar?