miércoles, 23 de enero de 2013

Nostalgia


Siento nostalgia de aquellos árboles que se elevaban para tocar el cielo. Nostalgia de las nubes que usábamos como escarcha para enfriar los vasos. O los sentimientos. O ambas cosas. O ninguna si nos acogía a deshora la fortuna de cualquiera de tus besos.

En la calle intercambiábamos sueños que por muy soñados nunca dejabas de estrenar como nuevos. Y la primavera nos sorprendía de madrugada, terminando una copa mientras las polillas nos enseñaban a jugar con la vida en la única farola de un barrio que ya nos pilla demasiado lejos. De fondo siempre una canción o un poeta maldito que nos hablaba de un señor llamado amor eterno. Unos existían con Sartre, otros con Camus, y todos con El Capitán Trueno, por mucho que la escoba de tu madre se negara a salir a la terraza para entablar más duelos. Libertad no era una palabra, ni honradez un adoquín que guardabas en el bolsillo desde el 68. La mañana comenzaba a mediodía y el atardecer se recostaba con pereza en tu cuello.

Siento nostalgia de aquellos gatos azules y de estos perros.

Siento nostalgia de conocer al enemigo, y de su cuchillada esquivada a tiempo. De no necesitar trincheras para esconderte de sus anhelos, de correr por el calendario a pecho descubierto sabiendo que sólo un mes de mayo con ojos turbios podía robarte el aliento.

Siento nostalgia de las lágrimas embotelladas que aguardaban con paciencia su turno para decir adiós a los recuerdos. Una por ti, dos por mí y tres por ellos, miserables que pretenden robarnos la luna y que cada día se inventan un cuento.

Siento nostalgia.