sábado, 9 de febrero de 2013

Las Personas Deben Llevar Etiquetas


Mi pasión por las etiquetas surgió al ganar un premio de poesía moderna recitando la etiqueta del detergente Ariel Ultra. Así, a primera lectura, os sonará raro, al jurado también y por eso me dieron el premio. En su defensa, diré que la recité con un dramatismo digno de cualquier poema de Miguél Hernández, y como hoy, en poesía, se lleva mucho reflejar sentimientos con palabras que ni siquiera existen, ningún miembro quiso quedar como inculto y alabaron mi ingenio. Cuando me entregaron el diploma les dije: Gracias, zeolitas. Y todos aplaudieron con fervor. Zeolitas, para los neófitos en etiquetas de detergentes,  son una partículas minerales que lleva el susodicho producto y que comprenden silicatos alumínicos y alcalinotérreos. ¿A qué se os ha quedado cara de jurado? No aplaudáis como ellos que continúo;  desde ese día he dejado de leer novelas, cuentos, incluso relatos cortos, porque he llegado al convencimiento de que todo lo que no quepa en una etiqueta es superfluo, de verdad, son ganas de enrollarse, paja en resumen. Ahora mismo estoy preparando unas oposiciones a corrupto y no penséis que me estoy estudiando el temario, ¡Qué va! Estoy memorizando las etiquetas de las sopas de sobre, al tiempo que aprendo a escribir con una letra que no es mi letra por si algún día investigan de quién es la letra.

Pero toda esta exposición, superflua por supuesto, venía a cuento por una idea que me ha poseído: las personas deben llevar etiquetas. Sí, sí, como cualquier producto, al fin y al cabo también nos consumen. Etiquetas claras, identificativas, sencillas. Etiquetas  que te eviten comenzar una relación con otra persona y tardar años en darte cuenta de que te ha estado engañando, de que no es simpática, ni trabajador, y que ni mucho menos, todo lo que esconde es digno de mostrarse. 
“Soy llorón”. Escueto, conciso. Las mujeres aficionadas a las lágrimas tienen ahí su parcelita para abonar. 
“Soy eyaculador precoz”. Pues muy bien, no hay por qué avergonzarse, otros se muerden las uñas de los pies. A las que no les guste el pecado ya saben que con dos minutos a la semana le van a hacer feliz, y él encantado de no recurrir a las consabidas mentiras: es la primera vez que me pasa, debe de ser por el estrés. Estrés, estrés, anda ya, que eres un “prisas”. 
“Soy guarra”. Aunque no lo aparente está avisando, tú sólo ves la pulida superficie del iceberg pero oculto bajo las ropas de Yves Saint Laurent puede haber un síndrome de Diógenes, o una vasta experiencia en películas para adultos. 
“Soy canalla”. Ideal para sufridoras; el resto de mujeres absténganse de consumirlo sin consultar antes con un especialista. Esto lo añado porque hay muchas chicas que piensan: conmigo va a cambiar. Yo conseguiré que deje de serlo. No, no, ¡Nooooo! ¡Heroína ya fue Juana de Arco, y la quemaron! ¡Ana Bolena dijo esas mismas palabras y todavía anda buscando su cabeza! Quién de joven es canalla, de viejo es cabrón. No falla. No tientes a la suerte que tienes muchas etiquetas por delante. 
“Soy inteligente”. Si la lleva un hombre probablemente sea una presunción, si la lleva una mujer seguro que es una amenaza. 
“Soy ingenua”. Ideal para los hombres que engañan con las medidas. 
“Soy obediente”. La pareja perfecta para aquellas mujeres que les gustaría tener una mascota pero odian a los animales. 
"Soy poligonera".  Nacida para los amantes de la música de Camela.
“Soy político”. Allá tú.

Así podría seguir hasta completar un tomo de más de 1000 páginas al estilo de Gárgoris y Habidis de Sánchez Dragó. Mil páginas que serían innecesarias, fútiles, ganas de talar árboles. Lo único que realmente vale la pena del relato es el título: Las personas deben llevar etiquetas. Todo lo demás, igual que en la vida, si no cabe en una etiqueta es superfluo.

Ya podéis fumar, zeolitas.