viernes, 15 de febrero de 2013

El Indignado Y El Pelo De La Oreja


Me había pasado toda la mañana intranquilo, con una sensación extraña de que no recordaba algo importante, vital.  No conseguía centrarme en la entrevista de trabajo y continuamente me palpaba los bolsillos buscando un detalle que me diera una pista. Fue inútil. Cuando llegué a casa la impresión se acrecentó y sin dudarlo me fui corriendo a la cajita de ébano de Ceylán que guardo en el primer cajón de la mesilla. Al abrirla sentí una sacudida, una conmoción que ascendió como un torrente impetuoso desde el corazón hasta la cabeza. No estaba. Me lo habían robado. ¡Me habían robado mi futuro! Exclamé con un grito de dolor que me clavó miles de alfileres en las sienes.
Intenté serenarme controlando la respiración como me enseñaron en las clases de yoga. Quizá la última vez que lo repasé, sin darme cuenta, lo había guardado en otro lugar. Miré en el mueble chino donde dejo los boletos de la primitiva, en el secreter entre los sueños profesionales, en el arcón del dormitorio  junto a los juguetes de látex; el resultado siempre fue el mismo, nada, ni rastro de mi futuro. Desesperado, hundido, con el alma más atea que nunca, me fui al baño para refrescarme la cara. Entonces, al mirarme en el espejo del lavabo, observé otra horrible noticia: ¡Tenía un pelo en una oreja! Ofuscado por el hurto y humillado por ese signo de temprana decrepitud, lo agarré sin miramientos y tiré de él con fuerza. El pelo sobresalió una cuarta pero seguía balanceándose con insolencia, riéndose de mi desgracia. Tiré, y tiré, y tiré, y cuando me quise dar cuenta me había destejido la oreja como un jersey de rebajas. Sólo me quedaba la mitad del lóbulo y un pelo largo que colgaba como un pecado inconfesable hasta acunarse en el suelo. Ahí me derrumbé.
Un soltero, sin una oreja y sin futuro. Antes de llamar a mi madre llegué a sopesar la opción del suicidio. Mi madre, como todas las madres, siempre tiene soluciones para las desgracias. Me hizo una madeja con el pelo y me la pegó a lo que quedaba del lóbulo con una tirita para que aguantase mientras buscábamos el futuro por toda la casa. “Se puede tener un hijo sin oreja, pero sin futuro…” los puntos suspensivos se me clavaron como una daga porque denotaban que me hacía responsable del robo. Sin ninguna muestra de cariño se remangó la rebeca para poner la casa patas arriba, y no es una metáfora. Los vecinos del piso de arriba protestaron porque durante unos minutos estuvieron viviendo en el sótano. Rebuscó en el congelador ya que, según ella, en las últimas semanas me sentía muy frío. Rastreó en el armario de la habitación hasta encontrar una caja de preservativos caducada. Cuando iba a tirarla avergonzado, no por su hallazgo sino por no haberla estrenado, me la quitó de la mano. “Trae, estos los puede usar tu padre con la guarra del segundo”. Ante el resultado infructuoso de la búsqueda, me sacudió un pescozón. “Anda, tira para urgencias”.
 En el hospital la situación empeoró considerablemente. Con los recortes en sanidad no había ningún médico disponible, y me atendió un curandero peruano que trabajaba en el servicio de limpieza pero que, dada la escasez de personal, había montado una consulta privada en el hueco de las escaleras. Sus palabras no pudieron ser más desalentadoras. “Esto son los síntomas del estrés por haber perdido el futuro. Sólo se arregla con cirugía plástica y no la cubre la seguridad social, pero mi mujer teje unas rebecas preciosas, le puede hacer una oreja de ganchillo, es fresquito en verano y caliente en invierno. Tenga, por si se decide”. Me dio una tarjeta y se fue a atender a otro paciente al que se le había salido el corazón por la boca con el susto de quedarse sin futuro. 
Mientras me decidía por la oreja de ganchillo sencilla, a un sólo color, o por la de luxe, con motivos peruanos, nos fuimos a comisaría a presentar una denuncia por el robo. Mi madre se agarró con desesperación a mi brazo al observar la cola de personas extrañas que había unos quinientos metros antes de llegar. Uno llevaba un pie en la mano y apoyaba el muñón en una guía de teléfonos,  otro llevaba dos tiritas de celofán en los ojos para que no se le cayeran,  un pobre anciano llevaba a toda su familia subida a la espalda y no podían separarse, lo llamaban el síndrome del siamés en paro. “¡Te la dejo barata!”, gritó un cachondo cuando pasé por su lado, a él le había salido una oreja en la frente.
El policía que nos atendió con displicencia me dio fecha para presentar la denuncia; debía volver el uno de Mayo, el significado de la fecha me dolió más que la lejanía, éramos casi diez millones de víctimas y resultaba imposible que todas presentáramos la denuncia al mismo tiempo. La cola que había fuera era de los desgraciados que tenían que presentarla hoy. Tras una regañina por haberme dejado robar el futuro, nos echó a cajas destempladas pidiendo que no le hiciéramos corrillos.
Al llegar a casa mi madre se echó a llorar desesperada. Con lo que había trabajado toda su vida y ahora le robaban el futuro a su hijo. Calmé la rabia fundiéndome con ella en un abrazo para absorber su sufrimiento, su indignación, su dolor; y en ese instante sentí que una energía especial me recorría todo el cuerpo, que el miedo se había desvanecido, que ya no tenía nada que perder. Me quité la tirita y permití que la madeja del pelo se desenrollase y cayera hasta el suelo. Después lo corté. Se habían acabado los parches. 
Me dirigí al congreso de los imputados en silencio, y en silencio me senté frente a los leones. No habían pasado ni dos minutos cuando una anciana apoyó su mano en mi hombro y se sentó a mi lado. A continuación fue un padre con sus hijos, y más tarde un abuelo con sus nietos. La gente que pasaba por allí nos veía en silencio y se iba sentando en la acera, respetando nuestra indignación y sumando la suya sin necesidad de cruzar unas palabras. Cuando nos quisimos dar cuenta ocupábamos toda la calle hasta a la plaza de Neptuno. Entonces llegaron los antidisturbios con toda su parafernalia, se bajaron de los furgones armados para una guerra en la que se habían equivocado de enemigo, y parapetando su vergüenza en los cascos nos miraron a los ojos. Uno de ellos, que no soportó más injusticias, tiró el escudo al suelo y, tras hacerme un gesto compasivo por lo de mi oreja, se hizo un hueco a mi lado. El resto miró desconcertado al sargento sin saber qué hacer. Por su emisora de radio escuchamos que las personas sentadas llegaban hasta la plaza de Cibeles, y que un arroyo de silentes bajaba por la Castellana. El Sargento imitó a su compañero y dejó todos sus pertrechos en el suelo antes de sentarse. Fue sorprendente que a partir de ese momento, se dejaron de escuchar ruidos de motores o voces, y empezamos a relajarnos con el canto de los pájaros en pleno centro de Madrid.
Estuvimos dos días sentados. Más  de treinta millones de personas en diferentes ciudades pararon cualquier actividad para ofrecer su silencio como repudio ante el atraco que nos habían hecho a todos. Dimitieron políticos, jueces, sindicalistas, los corruptos fueron a la cárcel y tuvieron que devolver cada euro robado. Nos quisieron echar de la eurozona por las medidas adoptadas pero, contagiados por nuestro impulso, los ciudadanos del resto de países repitieron la misma estrategia.
El pueblo había sido capaz de recuperar su futuro.

Ah, se me olvidaba. Yo me puse la oreja de luxe, con motivos peruanos, y debo reconocer que me favorece. Hasta he encontrado trabajo en una tienda de ropa de punto.