domingo, 24 de febrero de 2013

El Soñador Ajeno


Fumaba sigilosamente, sin tragarse el humo, dejando que escapase de su boca en pequeñas manadas blanquecinas de dibujos abstractos ansiosos de libertad; manadas que se diluían en el aire de la habitación según iban ascendiendo hacia el techo artesonado. A su lado Gabriela dormía el atardecer.
Por un momento tuvo la tentación de besar con sus dedos aquella piel de nube y fuego; de posar sus labios en aquel vientre sereno que se ondulaba hacia un placer infinito; o de acariciar su espalda con susurros de amor. Pero optó por el silencio, por deleitarse con su figura ribeteada contra una sábana que se sumergía entre sus muslos. Observaba cada tonalidad de su carne, cada poro, cada línea trazada en el folio de sus manos. Le excitaba pensar que sólo él podía gozarla en ese instante mágico pleno de ternura; que en aquellos minutos era tan suya como su propio nombre; que jamás nadie le podría robar la curva de sus pechos semiocultos entre la ropa, ni el olor del sueño que ella respiraba.
Las líneas de sus largos dedos dibujaban aquí un triángulo y allá un rombo. Por la parte de los nudillos, las figuras geométricas se deformaban y eran difíciles de describir. En la falange del dedo índice lucía un lunar, leve como un suspiro y sonrosado como una virgen.
“¿Por qué es tan perfecta?” – Pensó.
No encontró ninguna respuesta. En realidad todos ignoramos el motivo por el que despertamos alguna pasión en otra persona. Nunca sabremos por qué nos aman,  ni comprenderemos por qué nos odian. Toda nuestra vida está llena de preguntas. Preguntas que nunca sabemos responder pero que siempre son resueltas por alguien que se cruza casualmente en nuestro destino; y ese alguien tiene un nombre que, por primera vez, Amadeo arrullaba complacido.     
.- ¿Qué haces? – Susurró Gabriela entrecerrando los ojos al recibir la luz dorada que entraba por el arco de la ventana.   
.- Amarte.
Y ella sonrió complacida, y le acarició con ternura, y le abrazó cuando él intentó escabullirse porque tenía que ir a la feria, sujetándole con sus besos hasta que la razón se volvió deseo, hasta que en el cuarto volvió a resonar el gong de la alegría y los gemidos se quebraron como el cristal.