viernes, 8 de febrero de 2013

El Día Que Me Convertí En Brad Pitt


Estoy preocupado porque creo que mi mujer se ha vuelto loca desde mi metamorfosis en Brad Pitt.  Pensaréis que os estoy hablando de una sensación interior, de una mutación psíquica, pero no, es una realidad física: Yo no soy yo. Bueno, soy yo por dentro, pero no soy yo por fuera. Permitidme que os ponga en antecedentes.

Hace un mes me levanté de la cama y mecánicamente, como casi siempre, me metí en la ducha. Cuando comencé a enjabonarme sentí algo raro, mi cuerpo estaba más duro de lo habitual, la flacidez del estómago había desaparecido y entre la espuma me pareció vislumbrar que tenía músculos. En principio lo achaqué a una mala digestión, yo siempre he sido de músculo tímido, pero reconozco que me gustó la dureza, la masculinidad del tacto, incluso llegue a recrearme con la esponja más de lo acostumbrado; la placidez  se acabó al llevarme la mano a la cabeza con el champú y acariciar unas hebras sedosas, suaves, ¿Pelo? ¡Mi calva tenía pelo! Tras lanzar un grito rozando la sorpresa y el júbilo, salí de la ducha para gritar, esta vez de terror, al enfrentarme con el reflejo desconocido de mi propio rostro en el espejo. ¡No era yo! No era yo físicamente. Mis pensamientos estaban dentro de otro cuerpo. Yo hablaba como yo, pensaba como yo, pero ¡No era yo!  Corrí despavorido por la casa esparciendo pompas de jabón por alfombras y muebles, lo que acrecentaba la irrealidad de la escena, deteniéndome en el espejo de la entrada, en el de la habitación, en la pantalla apagada del televisor,  saltando de reflejo en reflejo para asegurarme de que la metamorfosis no era un sueño.  Agotado, y sin saber qué actitud tomar, llegué a la conclusión de que debía de tener un problema en la vista, y no de miopía precisamente, por lo que decidí vestirme y salir sin más preámbulos a la calle para ver si los allegados me reconocían.

El portero me lanzó unos escuetos buenos días que me hicieron sospechar; el camarero del bar, aparte de invitarme al café,  me ofreció un croissant crujiente cuando a diario me servía un bollo acartonado a punto de jubilarse, pero lo que despejó mis dudas por completo fue el encuentro con la vecina del segundo. En dos años sólo me había dedicado un par de bostezos en el ascensor, apuntalados con un saludo de cabeza despectivo, y esa mañana me regaló una sonrisa prometedora mientras me pedía permiso para sacarme una foto con el móvil y me anotaba su número de teléfono en la mano. Después de recibir un cachete en las nalgas y de conseguir, tras arduos esfuerzos, que me devolviera la mano, volví a casa y aguardé angustiado a que mi mujer regresara del trabajo. Y aquí comenzó la extraña sinrazón de Ana. Juzgad vosotros mismos.

Su reacción al entrar por la puerta fue lógica: gritó. No esperaba menos de ella. Intenté calmarla con amabilidad y cuando le expliqué que yo era su marido se tiró a por el teléfono para llamar a la policía. Me pareció correcto, una medida sensata. Yo le arrebaté el móvil y la cogí en brazos, gracias a mi cambio físico podía permitírmelo, con el fin de inmovilizarla y contarle con detalle todo lo que había ocurrido. Para terminar de convencerla, le susurré un secreto de alcoba que sólo ella y yo conocemos y que éste no es el sitio idóneo para difundir. Ana se quedó callada, enmudecida, acolchada en mi pecho que parecía un sofá de tres plazas. Mi primera sorpresa se produjo cuando la solté porque, en lugar de separarse, me agarró con desesperación y se arrebujó de nuevo contra mi cuerpo. Yo achaqué al cariño, y a la agobiante situación, que para aclarar conceptos acabáramos en la cama, y que los aclarásemos tan reiterada y exhaustivamente; pero me inquietó que el desánimo que ocasionaba en mí semejante cambio, ella lo contrarrestara con una actitud cuanto menos positiva. Sin entrar en detalles sobre el sufrimiento que causaría mi ausencia física a mis padres o a mi hermana, problema que ella solucionó con un doloroso: tampoco te quieren tanto, no exageres;  os contaré lo más chocante. Evidentemente no podía presentarme así en el trabajo, los guardias de seguridad no me dejarían pasar y eso conllevaría mi fulminante despido. A mi mujer no sólo no le importó, sino que aseguró que ella ganaba dinero suficiente para los dos; que yo debía quedarme en casa y disfrutar de mi nuevo estado. Esa prueba de amor me conmovió al principio y me intranquilizó cuando al día siguiente cambió la cerradura de la puerta para que nadie salvo ella pudiera entrar o salir. En ese “nadie” estaba incluido yo porque se negó a darme una llave y me prohibió salir a la calle para evitar alarma social.  Continuó su argumento enseñándome una fotografía de Brad Pitt, entre escalofríos le confesé que parecíamos algo más que hermanos gemelos, y alegó que si ese mencionado y famoso actor se paseara por Madrid, armaría tal escándalo que correría peligro mi vida, ya que ocupar un cuerpo ajeno está severamente castigado por la ley, y de nada valdría esgrimir mi inocencia en el intercambio dado los beneficios obtenidos.

Analizando las horribles para mí, y maravillosas para mi mujer, circunstancias, llegamos a la conclusión de que si yo tenía el cuerpo de Brad Pitt, Brad Pitt, lógicamente, debía tener el mío. Obviaré el comentario jocoso que hizo sobre la pobre Angelina Jolie para centrarme en el análisis. Mi obligación era  ponerme en contacto con el actor, aunque fuera viajando a Estados Unidos, para intentar remediar cuanto antes el desagradable suceso. Ana se negó rotundamente basándose en la dificultad que entraña contactar con esos americanos, y añadiendo que ¿cómo iba a salir del país si en mi pasaporte la fotografía era de mi anterior estado físico? Ahí me desarmó.  Sólo podíamos esperar a que se pasara el efecto de la metamorfosis y mientras vigilar con atención la próxima película que estrene el actor para ver si está utilizando mi cuerpo en beneficio propio.

Desde entonces vivo recluido en mi casa, machacándome en un banco de pesas profesional que me ha comprado porque según ella sería de ingratos devolverle el cuerpo achancletado, o sea pasado de peso como era el mío, haciendo un régimen durísimo y aclarando conceptos cada noche en la cama, conceptos que yo desconocía por completo, y que prefiero no preguntar cómo los ha descubierto. Ella está más feliz que nunca. Ayer me regaló varias sudaderas con capucha y unas gafas de sol para sacarme a la calle por la noche. De ahí mi preocupación del principio, tanto concepto, tanta pasión, tanto secretismo, tanta entrega… ¿Se habrá vuelto loca?

Os seguiré informando,  pero ¿no os extraña que durante este mes no hayamos sabido nada de Brad Pitt?