martes, 14 de mayo de 2013

La Caída Y El Beso


Sucedió inesperadamente, veréis, no serían más de las tres y era el primer día de primavera en el que el sol se dejaba querer fuera del calendario. Cuando la vi caminando hacia mí con una de esas sonrisas que te hacen creer que la felicidad sólo consiste en mirarla a los ojos, ignoraba que el deseo más bonito de mi vida se iba a cumplir en breves instantes. Me levanté para recibirla intentando que no se notara el zureo de las mil palomas que me picoteaban con crueldad el estómago, a otros les acosan mariposas pero  yo estaba muy enamorado para expresarlo con un lepidóptero tan efímero; de repente, a un metro escaso, tropezó con algo que no alcancé a ver y cayó al suelo, me lancé a ayudarla con tanta premura que me precipité sobre su cuerpo y tuve que realizar un escorzo en el aire para no hacerle daño. Sí, como imagináis, allí estábamos los dos,  después de tanto tiempo sin vernos, juntos, en el suelo, mirándonos con un atisbo de risa que ni siquiera la cómica situación lograba romper. Nunca había tenido su cara tan cerca y no pude evitarlo, soy débil para el amor, posando mi mano en su mejilla derecha le di un beso que resbaló por la comisura de sus labios hasta descorazonarse en su mejilla. Lo había esquivado. Ahora no eran palomas sino buitres los que me devoraban las entrañas por haber sido tan ingenuo de pensar que ella también lo deseaba. Pero… ¡Esperad! No se movió. Mi boca seguía pegada a su cara, y en esos breves instantes que transcurren entre dos parpadeos y un suspiro de compromiso, por mi mente relampaguearon todas las opciones que me quedaban: salir corriendo, pedir un café con hielo para aplicarlo en el golpe, contar un chiste que aliviara la vergüenza o fingir mi muerte para que me hiciera el boca a boca; sin embargó no realicé ninguna de las cuatro, acaricié su barbilla y volví a ofrecerle mis labios, labios que esta vez ella aceptó, primero con timidez, después con suavidad, y más tarde demostrándome que yo había nacido para vivir en sus besos. Sentí tanta emoción, tanta euforia que el éxtasis me produjo un calambrazo y… me despertó de la siesta. Estaba solo, en el sofá de casa. Mi perra me observaba con ojos tristes.

El sueño de aquella siesta levantisca, turbulenta, me ha hecho apuntarme a clases de zancadillas involuntarias por si alguna vez volvemos a encontrarnos. Hay besos tan difíciles de olvidar.