domingo, 22 de diciembre de 2013

Amor en el museo

Ignoro si habéis sentido una soledad de siglos aposentándose como una fina capa en vuestra piel. Yo sí. Hasta que descubrí el amor en su mirada. Acudía todos los miércoles a las cinco en punto, se sentaba frente a mí y, en silencio, recorría mi cuerpo con una ternura que desbordaba en deseo. Qué tediosa transcurría la semana aguardando que llegara el momento en que nuestros ojos se prometieran el mundo. Qué tristes los minutos desde que ayer, miércoles, en vez de revivir en sus sueños he llorado en su tragedia. Permitidme unas lágrimas antes de continuar.

 Ayer no vino y en su lugar, a las cinco en punto, un muchacho barbilampiño y desaseado dejó frente a mí un ramillete de violetas sujeto con un crespón negro. Quizá esa sea la maldición de mi vida, no poder disfrutar de las caricias de un hombre por el que sería capaz de saltarme todos los convencionalismos burgueses.

-. Cayetana, ponte el vestido y vámonos.

Al oír aquella voz sentí un frío que atravesó el lienzo, un frío como no había sentido desde 1802. Allí estaba, dentro del cuadro, tendiéndome un vestido de seda con su mano derecha y una maravillosa sonrisa oscilando en su amor. El agujero de bala en la sien apenas se le notaba. Pero, ¿qué ocurriría si me levantaba del diván y abandonaba el cuadro? Pensé en Goya, en el museo, en mis descendientes, en la herencia, en…

-. Piensa en ti.

¡Qué diablos tenía razón! Pensé en mí y haciéndome un ovillo en sus brazos abandoné la historia.


Después de todo, la persona que no ha hecho una locura por amor no merece ser amada.