domingo, 11 de noviembre de 2012

La Leyenda De La Sonrisa


En aquellos tiempos los lobos sólo devoraban vientos, y había hombres que, olvidando su condición, se enriquecían requisando sonrisas a sus semejantes. Los desterrados ocultaban sus rostros con telas para no mostrar su dolor al mundo, pero consentían el hurto ya que el miedo se había acomodado en sus renqueantes huesos.
Cuando el padre de Jalid fue desahuciado de la vida, el muchacho, que sólo tenía soledades para acallar las tripas,  se encontró por toda herencia un trozo de madera en el que rezaba, grabada a fuego, una enigmática frase: Entregué mi amor a la penitencia, bajo los pies del traidor hallarás la salvación del mundo.
Jalid, por respeto a su padre, decidió emprender la búsqueda antes de abandonar aquellas tierras yermas de cariño. Rastreó infructuosamente durante cuatro años, dos meses y quince días. Hasta que una mañana de otoño, cuando la luz ya guardaba las tinieblas en su arcón,  halló el tesoro enterrado bajo la raíces de un árbol de Judas en el bosque de los Penitentes. Era una sonrisa envuelta en papel de seda. Una sonrisa amplia, generosa, que encajó con dificultad en su boca de quince años, pero que iluminó de tal modo su rostro que el sol palideció asombrado.
No necesitó nada más. A la salida del bosque, un grupo de desterrados que habían acudido por el reflejo de los destellos, se le unió con torpeza. Les costaba instalar una sonrisa semejante en sus labios, algunos los retorcían con esfuerzo formando muecas angustiosas o incluso divertidas, pero lentamente fueron acoplándolas hasta relegar la tristeza de sus miradas. El número de sonrisas fue creciendo de manera tan insospechada, que los requisadores se asustaron por el ingente trabajo que les aguardaba y por la inutilidad de arrebatárselas, puesto que allá donde requisaban cien sonrisas, surgían ciento una, allá donde intentaban imponer su miedo, eran recibidos por miles de sonrisas que les tendían su alegría. Los árboles sonreían, los animales sonreían, hasta las piedras emitían carcajadas graníticas.
Los requisadores huyeron de la tierra como el humo postrero de una hoguera, y los hombres se dieron cuenta de que una sonrisa ahuyenta los miedos y te regala el mundo.
No permitas que te borren la sonrisa.