sábado, 24 de noviembre de 2012

En Busca De La Sabiduría


Erase una vez un hombre bueno que de entre los diversos deseos que lo identificaban, eligió el de hallar la Sabiduría, no obstante había  escuchado a los Ancianos que con ella se adquiría un gran poder, y pensó, tras algunas cavilaciones ligeras y dos bastantes profundas, que sería maravilloso recibir tal don para poder ayudar a los demás, por supuesto eliminó con rotundidad cualquier idea egoísta que acarreara dominar esa preciada cualidad, aunque en la frontera de sus pensamientos no consideró oportuno entregar el pasaporte del prestigio que le otorgaría ante su pueblo.
 Nada más amanecer se desperezaba con tal premura que los bostezos se descolgaban de sus labios sin cerrar la boca, y  apenas cruzados unos buenos días, se encerraba con vehemencia entre libros, tratados, manuales, epítomes y compendios, para hallar en la palabra de los Maestros aquél tesoro con el que lograría cambiar su vida y la de sus seres queridos. (La idea de salvar a la humanidad surgiría mas tarde, bajo las presiones de unas fiebres inesperadas y una lectura precipitada del Apocalipsis). Tamaña obsesión implicó que no prestara atención a su familia ni a sus amigos, y que comenzara a germinar en su corazón una sensación de soledad incandescente que entristecía su respiración puesto que ninguno compartía su afán por desentrañar los misterios insondables del alma humana. Pero él no se permitió ni un leve retroceso en el empeño, muy al contrario, cada día se mostraba más inaccesible a las críticas de sus allegados, críticas que lo empujaron a una conclusión: ya que ni él les convencía con sus explicaciones, ni ellos querían comprender el tremendo beneficio que les iba a transmitir con su hallazgo, lo mejor sería construir ciertas barreras para impedir el desaliento de la censura ignorante.  
Cuando los libros dejaron de encerrar secretos para su conocimiento, le sobrecogió un sueño: la Sabiduría debía obtenerla en la naturaleza, no en una desvencijada biblioteca. Y allá que se lanzó dispuesto a atravesar montes, valles y ríos para salir al paso de tan esquiva fortuna. Pero una tarde, cuando el mundo no era más que un sendero por el que ya había transitado, y a veces enfermo, las piernas doloridas le avisaron de que la vejez estaba llamando a su puerta sin ninguna consideración, y reconoció entonces con un amargo desencanto, que había errado en cada uno de sus pasos, que estaba pasando de puntillas por su vida y por la de su familia, y que el único camino que debía recorrer era el de vuelta a casa.
En la aldea todos le recibieron con alegría y, desbordado por el inesperado entusiasmo, no pudo por más que devolver el amor que le mostraban ocupándose de las carencias que habían anidado en sus amigos durante su ausencia. Prestó oídos a los que necesitaban ser escuchados, enjugó lágrimas de los que querían desahogarse, incluso regaló sonrisas a aquellos que las habían perdido. Con el transcurrir de los meses se convirtió en una persona totalmente diferente, no sólo por los años acumulados en los hombros hasta encorvarle el aliento, sino por la falta de horas para aventurarse en desentrañar tesoros ocultos dado que mucha gente lo reclamaba a su lado;  tanta escasez ajena le impedía preocuparse por sí mismo pero le había regalado un esfuerzo extra para poder entregarse con regocijo a los demás.

-. He recorrido la tierra en pos de algo tan valioso, que sólo  he podido hallarlo en vuestra mirada. – Fueron sus últimas y sabias palabras.