jueves, 8 de noviembre de 2012

El Amor Es Silencio


Me desperté sobre las seis de la mañana, fue agradable. Ella había apoyado su pie izquierdo sobre mi pierna para sentirme hasta en sueños, no tuve más remedio que amarla.  La luz se colaba entre las rendijas de la persiana y seccionaba su cuerpo en finos listones que resaltaban con delicadeza su piel; me quedé quieto, observándola, disfrutando del escorzo que trazaba su imagen sobre las sábanas.
Apenas hacía dos meses que vivíamos juntos, ¡Dos meses! Pensaréis que en ese tiempo es difícil incluso llegar a conocerse en profundidad, sin embargo, yo sólo pensaba en cómo había podido vivir sin ella, sin sus miradas, sin su silencio.

El amor es silencio.

Sí, veréis, cuando alejas de ti el fragor continuo al que nos someten nuestras obligaciones y te quedas callado, abstraído, desechando caprichos vanos porque el único deseo que te conmueve es volver a verla, te das cuenta de que el amor es silencio. Si eres capaz de permanecer horas mirando a una persona sin necesitar palabras que resalten ese instante, sin necesitar que tus pensamientos se distraigan en otra ocupación que no sea la propia felicidad que sientes por tenerla a tu lado, entonces, podrás asegurar sin miedo a equivocarte, que has conocido el amor.

El despertador sonó a las ocho en punto. Lo apagué con cierta decepción. Me puse la bata y antes de ducharme la cogí con ternura en mis brazos y la desinflé. Después la guarde en su caja hasta el fin de semana siguiente. El amor necesita distancia para conservar la pasión.