sábado, 27 de abril de 2013

El Huerto De Palabras


He plantado un huerto con palabras y lechugas, no me preguntéis por qué y no os aburriré con el cómo. El caso es que tengo la sensación de haber utilizado semillas transgénicas ya que las palabras me han crecido verdes, difíciles de encajar en un texto o de pronunciar sin sufrir un esguince de lengua: quieamo, besaricia, soñauimera, nostalmántico. Sin embargo, hay una palabra que, a pesar de su verdor, ha crecido con tal fuerza que como no la arranque se va a adueñar de todo mi huerto: democratadura. Es curioso cómo sus letras impiden que el sol nutra a sus compañeras más cercanas: liberterechos y solidausticia; y más aún, la forma en que sus raíces tiran de la palabra perroflauta para enterrarla, ahora sólo se puede leer “Per”. Ignoraba que las palabras pudieran odiarse pero la semántica es lo que tiene, a veces resulta tan incomprensible como las personas.

La experiencia con las lechugas no ha sido más gratificante, para qué os voy a engañar,  las lechugas no me han salido con hojas sino con folios. Folios en blanco con los vértices rematados en picos desiguales, parecen escarolas pálidas. He intentado hacer una ensalada y, con sinceridad, su presentación en el plato encoge el ánimo; el sabor a nada, a pesar de aliñarla con una ingente cantidad de aceite y vinagre, es sorprendente; los folios absorben todo lo que eches pero no ofrecen ninguna satisfacción al paladar, es decir, tú comer comes, pero es como si no comieras, entonces, ¿para qué comes?

Me siento frustrado, poseído por las extraña sensación de que todo a mi alrededor está cambiando, de que el mundo se ha plagado de huertos irracionales, de palabras sin sentido simulado ni diferido, y que nosotros no las tragamos a base de aceite y vinagre. Eso sí, en casa nos rebelamos a diario, hasta ahí podían llegar las bromas. Y me temo que van a llegar, y sin gracia.