sábado, 9 de marzo de 2013

El Día Que Me Convertí En Brad Pitt (2ª Parte)


Siempre he pensado que tenía un cuerpo que no me merecía. Yo nací rollizo, después fui gordito, repolludo, cebado, y acabé siendo rechoncho. En otras palabras, que he vivido con complejo de globo aerostático. Y no es por falta de cuidados, si no hacía deporte no era producto de mi cobardía ante el esfuerzo físico, sino a la dificultad de introducir un cuerpo amorcillado en una camiseta sin que las costuras me hicieran llagas. Pero a pesar de ese ligero inconveniente yo era feliz. Me sentaba en un banco y podía observar atentamente a todas las mujeres que pasaban, sonreírlas, alegrarme por su belleza, incluso soltarles algún piropo elegante la tarde que me encontraba valiente. Jamás ocurrió nada. Ninguna se volvió para darme las gracias por el halago. Sin embargo, ahora, embutido en el cuerpo de Brad Pitt, mi vida se ha convertido en un infierno. Cualquier mujer comprendida entre los quince y los ochenta años me acosa sin rubor, y no hace falta que diga nada, ni que sea simpático, ni ocurrente, ni que las provoque con una mirada de complicidad. Amigos, sé que esta confesión os va a doler, pero es mentira que las mujeres aprecien el buen humor y la inteligencia, lo dicen para quedar bien delante de sus parejas, son unas falsas, unas hipócritas, unas arteras. Cualquiera de vuestras mujeres, esas que adoran que las hagáis reír por encima de cualquier otra cualidad, o que las asombréis resolviendo una ecuación imposible, serían capaces de dejar que os dedicarais a la política si eso les permitiera engañaros conmigo. Bueno, conmigo no, con Brad Pitt que ahora soy yo. Anoche, cuando me sacó a pasear mi mujer, la vecina del segundo se me agarró a un muslo y tuvimos que llamar al Samur para que se desenganchara. Y el problema no acabó ahí, cuando llegaron con la ambulancia, la enfermera me reconoció y se empeñó en hacerme el boca a boca porque, según ella, la presión que ejercía la lapa de mi vecina, me iba a cortar el flujo sanguíneo y no tardaría en desmayarme. Con el escándalo y las voces se amplió el corrillo. Una sexagenaria que paseaba con su marido, le puso la zancadilla para que los del Samur le atendieran por la caída, y aprovechando la confusión se agarró a mi cintura al grito de: ¡Por ti mato! Mi mujer, incapaz de contener la avalancha, llamó a los bomberos, y mientras llegaban, un grupo de quinceañeras se subió por mi cuerpo, como si fuera una cucaña de feria para cortarme un trozo de pelo. Acabé en el suelo, rodeado de deseo y lujuria, soportando tirones de pelo y besos aventosados de la anciana que había perdido la dentadura en el forcejeo. Os juro que no conté ni un chiste para hacerme el gracioso, ni siquiera pude desarrollar el teorema de Pitágoras.

Cuando llegaron los bomberos y amenazaron a las mujeres con las hachas, pude zafarme de su acoso y huir hacia mi casa, aunque antes tuve que emplearme a fondo para convencer a un bombero, que quería comparar nuestras mangueras, de que yo no tenía ni jardín.

Como podéis ver es muy duro ser un hombre objeto. Yo echo de menos mi físico de antes. Sí, tendría sus tropezones, sus morcillitas, sus asas, pero al menos podía salir a la calle con tranquilidad. No os imagináis la suerte que tenéis de no ser Brad Pitt.

Por cierto, otro mes más sin que estrene ninguna película, tanto silencio comienza a preocuparme. ¿Cómo le ira la vida en Hollywood con mi cuerpo?

P.D. Mi mujer ya no me quiere sacar de casa ni por la noche. El infierno continúa.