lunes, 24 de diciembre de 2012

Confesiones Al Psicoanalista


El amor… esa maravillosa palabra con la que todos nos llenamos la boca y el alma alguna vez. Así comienza uno de los relatos que Izara Batres ha reunido en Confesiones al psicoanalista. Un libro que os recomiendo por su maravilloso humor, muy del estilo de Woody Allen, y del que os dejo el resumen de uno de sus relatos para que iniciéis estas navidades con una gran sonrisa.

Sinceramente, ¿quiere saber lo que pienso del amor? Pienso que es una enorme, podrida y maloliente bola de mierda. Protestamos por las drogas y los abusos del alcohol y no luchamos contra algo así, ¿qué clase de sociedad es esta? ¿Conoce algo que aniquile más neuronas que el amor? ¿Existe alguna enfermedad peor que esa?
Una vez estuve enamorada. Pregúntenme si quiero repetir… Mataría por volver a ese día en que le conocí. Daría algo por regresar a ese instante, de hace cinco años y medio, en que yo le miré y él me miró y nos destrozamos la vida para siempre. (…) Verá, tengo un novio al que no soporto. De hecho, a veces me cae tan mal que le deseo cosas como la muerte. Le odio tanto, doctor… No se lo imagina. El caso es que no puedo vivir sin él.
Es absurdo. Cuando le conocí se dio la conjunción de dos elementos: por un lado, algo falló en mi cerebro y, por el otro, algo falló en el suyo. La tercera cosa es que me engañó muy bien. Sabe cómo conquistar a la gente. Al principio pensé que era un intelectual, maduro, sensible y superdotado, pero, con el tiempo, me he dado cuenta de que estoy con un anormal infantil, desequilibrado. ¿Cree que tiene razón de ser? ¿Qué narices me pasó? ¡No tuve una infancia tan desgraciada! Empezamos a salir hace cosa de cinco años y medio. No lo sé exactamente porque hace tiempo que no celebramos aniversarios; en realidad, no celebramos ni siquiera el primero, estábamos peleados. Recuerdo que, entonces, todo era bonito. Me refiero a las primeras cuatro horas. Nos mirábamos a los ojos y era como flotar. Después, empezaron los problemas. (…) El caso es que fue un flechazo efímero, porque enseguida comenzamos a pasarnos la mayor parte del día discutiendo. Las riñas dieron paso a las peleas, y las peleas, a verdaderas trifulcas. De hecho, llegamos a perseguirnos empuñando sartenes y, hasta un par de veces, hemos acabado en el hospital. El mes pasado le tiré una maceta a la cabeza y casi acierto, pero, como le dio de soslayo, solo conseguí provocarle un coma leve. Él lo superó hace dos semanas cuando intentó atropellar a mi gato. Él dice que, tarde o temprano, caeré en una de sus trampas. ¡Ja! Al menos, yo sé cuándo envenenan mi comida. (…) Estoy realmente hasta el gorro de este niñato con retraso mental. Pero pregúnteme si me gustaría verle con otra. ¡Claro que no!, ¡no podría soportarlo! Además, eso ya lo intentamos. Hace unos meses nos buscamos pareja mutuamente y, a las dos horas, ya estábamos llamándonos y prometiéndonos el universo el uno al otro. Ocurre siempre. Nos peleamos cuatro veces por semana; el cuarto día, cortamos y nos mandamos a paseo. En media hora nos hemos reconciliado y corremos el uno junto al otro, con flores y palabras bonitas. Entonces nos besamos, nos gritamos violentamente durante diez minutos y volvemos a separarnos. (…) Él me odia y yo le odio a él. Hemos llenado la casa de mensajes hostiles en post-it, del estilo de: “Ten cuidado cuando te sientes en la taza del váter” o “La venganza se sirve fría, ¿estaba bueno el paté?”. Yo le he dejado en ridículo delante de sus amigos y él ha intentado asfixiar a mi canario. (…) Lo bueno es que, después de hacernos heridas, nos las curamos mutuamente. A veces es una reacción inmediata. La semana pasada sin ir más lejos, él intentó estrangularme y luego me propuso matrimonio. Incluso, organizó la boda. Después supe que había incluido arsénico en la tarta nupcial. Menos mal que no asistí.
Gracias a Dios, trabajamos los dos en horario de jornada completa. Esas ocho horas nos mantienen vivos. Aunque nunca se sabe… En fin, tengo que marcharme. Supongo que este grandísimo anormal, hijo de su madre, se habrá olvidado de sacar la basura. ¿No se lo he dicho? Ahora vivimos juntos.
     
                                                                                                    IZARA BATRES