jueves, 6 de junio de 2013

He Hecho Oposiciones A Falsificador

Caminando por una vida que no merece ser vivida y mucho menos narrada, decidí hacer oposiciones a falsificador para borrar las lágrimas del pasaporte y el rostro de esas mañanas tan insolidarias que se convierten en noches sin despedirse.

Comencé falsificando una mañana cualquiera, una mañana vulgar, con la rugosidad de las nubes acartonada por el sol, los pájaros incitando al ejercicio y un bostezo echándome la culpa de la madrugada. Pero yo no suelo ceder al desaliento ni cuando el amor me destina sus aristas menos delicadas; por eso fui limando con meticulosa paciencia la aspereza de unos nimbos que amenazaban jarrear una tormenta, dotando a sus concavidades de color, cincelando la superficie abstracta para crear una figura armoniosa, atractiva, incluso deseable.

Tras conseguir que un cirro simulara unas piernas prometiendo paraísos perdidos, me embargó una sensación extraña, de cariño recién estrenado; y ocurrió de repente, al desprenderme de una esquirla arisca de cumulonimbo. Aquella mañana cualquiera, se había transformado en mi mañana, una mañana alegre, preciosa, deslumbrante, y yo… ¡La amaba! Amaba el sonido de mis manos moldeando su cuerpo celeste, amaba la humedad que se aposentaba en mi piel, amaba su olor a domingo y su voz matinal templada en los fracasos. Dada la fugacidad del tiempo, fui consciente de que debía aprovechar el momento, de que ningún amor se construye en el futuro, ni se destruye en el pasado, de que si la amaba en el presente nuestra historia sería real. Y entregándome con pasión a la textura desconocida de la felicidad, habité ese mundo que algunos creyentes llaman cielo.  

Más tarde me di cuenta de que había esculpido tu cuerpo.


Demasiado tarde para dejar de amarte.