martes, 3 de noviembre de 2015

CANTO V - DEL AMOR Y OTROS UNIVERSOS


Observo el silencio,
-desde el imposible no soy mente
ni pensamiento que deja sin noche a las rocas-
soy voz que despierta a los no dormidos.
Ciego ya de raíces
alimento mis manos con lluvia,
no hay cenizas en mi nombre
ni ruiseñores picoteando la cruz de mis brazos,
sólo creo en la verdad
de una mano temblando en mi pecho.

Si amar fuera tan fácil como destruir la tierra
-o sangrar arcoíris
o llenar de centellas la boca del hombre
que hizo de nuestros sueños un violín
para que los océanos despreciaran el mar-
amaríamos sobre el azar de todo naufragio
y las sombras del atardecer serían siluetas  
buscando cielos en la piel del ombligo,
desmesuradas en el torbellino de labios,
hermosas en extremo por el vientre de la madre
que duerme al costado de una caricia
donde cualquier gesto es universo.
Juntos uniríamos esas sílabas que no existen
hasta formar islas casi tan vírgenes
como un verso sin el cobijo de otra nuca. 
Nuestras cinturas de primavera
-siendo ya tahúres con el invierno-
lo colgarían en parasoles alegres como bombillas,
y sembrando de muslos las constelaciones
olvidaríamos el caminar serio de los cocodrilos.
Qué bellas latitudes
en dos cuerpos bebiéndose el diluvio.

Oh, loco poeta sin versos
no te queda luz para otro amanecer,
el reloj sin hora aguarda.

La noche tiembla,
fulminada por la dulce cicatriz de un melocotón
que me hizo amar en defensa propia
-era tanto el ruido de sus galaxias-
Me acojo al Verbo
sin la fatiga de crear auroras,
con el vuelo imperfecto de las golondrinas de oriente
con las líneas de la mano desbocadas
y la ternura de un piano que jamás enterró sus sueños.
Los ojos de niebla avanzan entre amapolas muertas
el eco de su galope me sangra la frente
-es la única melodía que los sordos oímos-
bajo el temor de sus trompetas soy estatua sin memoria
vidas que se suceden sin hallar la voz última
aquella que clamando en el desierto
profetizó que nada posee principio ni fin.

El círculo eterno gira, terco, infinito:
Apagada la fantasía sólo queda un aire,
un aire que no pertenece a ningún labio
ni al viento arrodillado ante las hortensias.