sábado, 24 de agosto de 2013

He Adoptado Una Desilusión


He adoptado una desilusión tan usada
como tus párpados cuando me ignoran.
La hallé desnuda, con una bomba
cantando en su pecho rezos de exterminio.
Poseía la voz oxidada de los drones
(matar corroe la garganta)
y un tic de racimo por escupir tanta sangre.
La he escondido en el sótano
con la declaración de los derechos humanos
y una igualdad robada al borde del suicidio.
La desilusión duerme con un refugiado
a la izquierda de mi cama,
tras un muro de cojines de hormigón
levantado de noche por el lado opuesto
para que no lo desvele la vergüenza.

Yo suelo narrarles cuentos de justicia
envueltos en bocadillos de ansiolíticos,
pero en los brazos les han crecido alambradas
que marcan la frontera de los elegidos,
esos que vertieron guijarros en los ríos
para cobrarnos el sonido del agua,
esos que se niegan a que hallemos respuestas
ocultando con banderas las preguntas.

Qué fácil sería dar un salto, juntos,
sólo uno, hacia la primavera,
abandonando sus colmillos de ojos negros,
su futuro, más negro que sus ojos negros,
sus negras orejas de hombre lobo sin luna llena
y volar, volar desde el interior de los sueños
a ras de suelo, a ras de sentimientos,
volar sobre el pecho descubierto de la tierra
desobedeciendo a los que han acuchillado el nosotros,
a los hijos de los Nefilim que según mi refugiado
nos han declarado la guerra.